De bandoleros y dembows ilegales

Nuestra segunda invitada habla de la intersección del reggaeton y la justicia social.

Hola! Soy Carlox, periodista, a veces DJ y muchas veces overthinker. La Necedad es un newsletter en el que les cuento lo que pienso y siento sobre música (no importa si es pop, hip-hop, reggaeton o lo que sea). Cada semana les voy a recomendar videos, canciones y artículos que valen la pena. Si les gusta la idea suscríbanse y cuéntenle sus amigxs!

LEGALIZE DEMBOW. SÍ, ese es el nombre de las nuevas camisas que estoy vendiendo para apoyar LA NECEDAD y también el mantra que apoya mi filosofía personal sobre el reggaeton.

Este género ha sido perseguido, satanizado y basureado tanto como lo fue el rock en su momento. El rock fue criticado por su contenido sexual y eso también ocurrió con el reggaeton al inicio de los 2000s.

Pero en el caso de Latinoamérica, el prejuicio hacia el género usualmente tenía que ver con que las personas que lo disfrutaban venían de lo que los estadistas llaman “las clases populares”, es decir, las personas pobres y en muchos casos, personas que no eran blancas.

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En el libro Radical Moves de Lara Putnam, ella establece que en la era del jazz, el baile era mal visto por las élites pues acercaba -muy literalmente- a los mestizos, las personas afrodescendientes y blancas en la pista de baile. Cien años después podemos entender que eso mismo molestaba del reggaeton: nos ponía a todos en una pista de baile al mismo nivel, era un espacio para romper barreras y prejuicios que ponía incómoda a la élite conservadora.

Otro libro importante para entender este fenómeno de persecución es Remixing Reggaeton de Petra Rivera-Rideau, en el que se explican los orígenes panameños del género y de cómo el reggaeton terminó de tomar forma en los caseríos de Puerto Rico. Esos caseríos en los que se acuñó la palabra “perreo” estaban llenos de artistas que surgieron a pesar de que el sistema se encargó de perseguirlos y prohibir inclusive la venta de su música, en un intento de censurar lo que llamaban “pornografía musical” (bien dramáticos esos políticos latinoamericanos ah).

Pero como suele suceder la censura no sirvió de nada. De los caseríos brotaron artistas como Daddy Yankee y Wisin y Yandel, Tito el Bambino y todos los que ya conocemos. Ellos lograron superar esa censura por medio de algo que a nadie le gusta admitir: su privilegio blanco.

Sí, Tego y Don Omar también son vistos como leyendas, pero es evidente que los artistas de piel más clara la tuvieron más fácil para abrirse paso (y a la fecha ese ha sido el patrón común de los artistas que pegan de Colombia, España Argentina: la piel clara). Hoy a Maluma se le permite cantar obscenidades por las que la policía persiguió a muchxs en los caseríos en los años 90 y todavía.

Que Ozuna y Sech sean conocidos en todo el continente no quita que todavía existe un fuerte prejuicio.

Por eso pregono el mensaje de LEGALIZE DEMBOW. Es un llamado a que no nos olvidemos de los orígenes del género y aún menos de los cuentos incómodos. Es un llamado a la igualdad y más que eso, al reconocimiento y la justicia.

Hoy Claudia Rodríguez, la segunda invitada a LA NECEDAD, nos aporta un texto que para mí se puede leer como un poema, como una confesión que la refleja a ella y a la naturaleza política del reggaeton.

Claudia estudia una maestría Criminología y Ejecución Penal en Barcelona, pero **tono solemne intensifies** las lecciones más importantes sobre justicia no las aprendió en la universidad, sino oyendo a Tego y Don Omar.

Que lo disfruten.

Aunque digan que soy

por Claudia Rodríguez (@Claudia_Rods)

Como buena hija del sistema de educación privada mi gusto musical estuvo por mucho tiempo dedicado a la música en inglés. Luego, después de los quinceaños, “se permitía” cierta música en español: Sui Generis, Soda Stereo, Calamaro, Fito Páez. Entre esos nombres hay una sincronía más allá del idioma: los une el desprecio por la autoridad. 

En mi adolescencia, la música fue elemento clave en mi formación política y en el establecimiento de mi propio decálogo de principios. El impacto que tiene The Wall de Pink Floyd en la vida de una persona como yo, que decide dedicarse al derecho, es el compromiso de no convertirse nunca en lo que se denuncia. Frases como “I fought the law and the law won” de The Clash me resuenan constantemente. En español, Sofi fue una nena de papá me hizo (hace) llorar. Y sin embargo, algo le faltaba a mis canciones curadas, al playlist de rock en español, al vinilo de The Who.

Me faltaba reguetón. Cuando mi adolescencia estaba por terminar ya me sabía las canciones de las fiestas y después perdí la vergüenza por perrear. Pero donde me faltaba el reguetón era en la teoría. Hoy —sin intención de hacer controversia— puedo asegurar que “Bandoleros” de Don Omar y Tego Calderón es una canción sobre derecho penal y política criminal.

Yo no les creo a su sistema de reformación ingrato

A mí me arrestaron dos puercos por pasar el rato

Y yo aquí pichando, aguantando, callando

Si nadie es perfecto, ¿de qué me están juzgando?

(…)

Solo quedaré en su mente clara

Cuando crezcan donde yo crecí, se críen donde me criaba

Diablo, me duele tanta baba

El no juzgarme se les agradece

El beneficio de la duda cualquiera merece

Me da risa que yo cruzara el Atlántico a cursar una Maestría en Criminología solo para confirmar lo que ya don Omar me había dicho sobre un sistema de reformación ingrato. Pero disfruto el encuentro con un derecho penal imaginado por la comunidad. No hace falta pasar por los pasillos de la Facultad de Derecho para saber que el sistema penal perpetúa la violencia; basta con sufrirla.


Les recuerdo que si quieren publicar un texto en LA NECEDAD solo tienen que pasarme una propuesta de un tema a carlox@lanecedad.com. :)

El texto invitado anterior se llamó “Blackpink (o mejor dicho, el K-pop) is the revolution”. Lo pueden leer aquí.

Y otra cosa: pronto se vienen nuevos episodios del podcast con entrevistas que me dan mucho orgullo, así que por favor vayan a Youtube a suscribirse.